
El fundamento bíblico para nuestro compromiso con la búsqueda de la justicia y el shalom para los oprimidos y los pobres está resumido en la Confesión de Fe de Ciudad del Cabo, sección 7(C). En base a esto, anhelamos una acción cristiana más efectiva con relación a:
Hay más personas en esclavitud en todo el mundo hoy (un número estimado de 27 millones de seres humanos) que 200 años atrás, cuando Wilberforce luchó por abolir el comercio transatlántico de esclavos. En India solamente, se estima que hay unos 15 millones de niños esclavos. El sistema de castas oprime a los grupos de las castas bajas y excluye a los dalits. Pero, lamentablemente, la Iglesia cristiana misma está infectada en muchos lugares con las mismas formas de discriminación. La voz concertada de la Iglesia global debe levantarse en protesta contra lo que es, de hecho, uno de los sistemas de esclavitud más antiguos del mundo. Pero si esta defensa global ha de tener alguna autenticidad, la Iglesia debe rechazar toda inequidad y discriminación dentro de ella misma.
La migración en una escala sin precedentes en el mundo de hoy, por diversas razones, ha producido el tráfico humano en cada continente, la esclavización generalizada de mujeres y niños en el comercio sexual, y el abuso infantil a través del trabajo forzado o la conscripción militar.
A) Levantémonos como Iglesia en todo el mundo para combatir el mal del tráfico humano, y para hablar y actuar proféticamente para “liberar a los cautivos”. Esto implica necesariamente lidiar con los factores sociales, económicos y políticos que alimentan ese comercio. Los esclavos del mundo claman a la Iglesia global de Cristo: “Liberen a nuestros niños. Liberen a nuestras mujeres. Sean nuestra voz. Muéstrennos la nueva sociedad que prometió Jesús”.
En consecuencia:
B) Reconozcamos la gran oportunidad que los Objetivos de Desarrollo del Milenio han presentado para la Iglesia local y global. Llamamos a las iglesias a promoverlos ante los gobiernos y a participar en los esfuerzos para alcanzarlos, como el Desafío Miqueas.
C) Tengamos valentía para declarar que el mundo no puede tratar, y mucho menos resolver, el problema de la pobreza, sin cuestionar también la riqueza excesiva y la avaricia. El evangelio cuestiona la idolatría del consumismo desenfrenado. Somos llamados, como personas que sirven a Dios y no a las riquezas, a reconocer que la avaricia perpetúa la pobreza, y renunciar a ella. Al mismo tiempo, nos regocijamos de que el evangelio incluya a los ricos en su llamado al arrepentimiento, y que los invite a unirse a la comunidad de los que han sido transformados por la gracia perdonadora.
From the Cape Town Commitment - Part 2, Section IIB, 3







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